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Cosquín 2026: 66 años de un grito que es memoria y destino
Este festival reafirma su vigencia como el termómetro cultural de la Argentina. Una crónica sobre las ausencias que todavía cantan y las nuevas voces que piden pista bajo la luna de Punilla
Por Carina Alvarez - Enviada Especial www.buenosairesinforma.com -
El almanaque marca que es enero y la geografía señala al Valle de Punilla, pero para el folklore, el tiempo y el espacio se detienen en un solo punto: el escenario Atahualpa Yupanqui. La 66° edición del Festival Nacional de Folklore de Cosquín no es solo una cifra redonda en las estadísticas de turismo; es la confirmación de un ritual que ha sobrevivido a crisis, cambios de época y modas pasajeras, manteniéndose como el altar mayor de nuestra identidad.
La vigencia de un legado
Desde aquel 1961 en que un grupo de vecinos decidió cortar la Ruta 38 para llamar la atención del país, Cosquín ha sido el espejo de lo que somos. En esta edición, la organización ha logrado un equilibrio técnico impecable, con una puesta en escena que nada tiene que envidiar a los grandes festivales del mundo. Sin embargo, detrás del despliegue de pantallas LED y sistemas de sonido de última generación, late el mismo sentimiento de hace seis décadas: la necesidad de encontrarnos en una canción.
El aire de este 2026 huele a albahaca y a historia. La Plaza, con su capacidad colmada casi todas las noches, ha sido testigo de momentos de una carga emocional difícil de cuantificar. No es solo la cifra de entradas vendidas; es el nudo en la garganta de la multitud cuando el locutor oficial clama al cielo el "¡Aquí Cosquín!", un grito que este año sonó con una potencia renovada, casi como un acto de resistencia cultural.
Puntos altos: De la tradición al riesgo
Periodísticamente, la edición 66 se destaca por dos ejes fundamentales:
El recambio generacional: El festival ha sabido abrir las puertas a sonidos contemporáneos sin traicionar su raíz. La presencia de artistas que fusionan el folklore con géneros urbanos ha convocado a una juventud que, lejos de ser ajena, abraza el bombo legüero con la misma naturalidad que un sintetizador.
El homenaje permanente: Cada noche ha tenido un espacio para recordar a los que ya no están. Los tributos a Mercedes Sosa, Horacio Guarany y las menciones a la herencia de Atahualpa no fueron meros protocolos, sino momentos de comunión donde el público y el artista se fundieron en un solo sentimiento.
La "otra" plaza: El festival que no duerme
Más allá de lo que captan las cámaras de la televisión oficial, el festival vive en las calles. Las peñas, los patios y los balnearios del río Yuspe completan el cuadro de una ciudad que no duerme. Es allí donde el periodismo se vuelve anécdota: en el cantor que llegó a dedo desde Salta buscando un lugar en el Pre-Cosquín, o en la familia que ahorró todo el año para ocupar un lugar en las butacas de madera.
La edición 66 está dejando una huella profunda. No es solo un éxito de taquilla; es un éxito del alma que se renueva. Cosquín demuestra que, mientras haya un hombre o una mujer con una guitarra y un sueño, el folklore seguirá siendo la patria que nos une.


